Opinion · Supreme Court of Puerto Rico
Pagán Hernández v. Universidad de Puerto Rico
107 P.R. Dec. 720
- Type
- Opinion
- Court
- Supreme Court of Puerto Rico
- Jurisdiction
- National
- Date
- 1978-10-16
- Topic
- bankruptcy
res judicata given to administrative action “when an administrative agency is acting in a judicial capacity and resolves disputed issues of fact ...” | dissenting opinion by Associate Justices Messrs. Díaz Cruz and Martin
Citator
- Cited by
- 91 opinions
emitió la opinión del Tribunal.
La Universidad de Puerto Rico decretó la expulsión per-manente de un joven estudiante a base de cargos que le impu-taron haber participado en actos de violencia ocurridos en el campus de Río Piedras el 11 de marzo de 1971 y haber oca-sionado la muerte de un oficial de la Policía Estatal. La única prueba que conectó al estudiante con estos hechos fue la decla-ración de un teniente de dicho Cuerpo. En Pagán Hernández v. Alcaide, 102 D.P.R. 101 (1974), resolvimos que esa misma prueba no podía servir de base para encausar criminalmente al estudiante. Concluimos que por no ser confiable la identifi-
Los Hechos
En el presente recurso examinamos una sentencia del Tribunal Superior, Sala de San Juan, que ordenó la inme-diata reinstalación de Humberto Pagán Hernández como es-tudiante regular del Recinto de Río Piedras de la Universi-dad de Puerto Rico. La acción judicial en que se produjo dicha sentencia tiene el siguiente trasfondo de hechos.
El 11 de marzo de 1971 el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico se vio perturbado por actos de violencia generados como consecuencia de una protesta estu-diantil contra la presencia en dicho Recinto del programa de ciencia y táctica militar conocido como R.O.T.C. Poco des-pués del mediodía intervino la Fuerza de Choque de la Policía de Puerto Rico al mando del comandante Juan B. Mercado. Cerca de la armería del R.O.T.C., donde se hallaban congre-gados numerosos estudiantes, se produjo una balacera en que fue mortalmente herido el comandante Mercado.!1) El día siguiente, 12 de marzo, el entonces Rector don Pedro José Rivera notificó por carta al estudiante Humberto Pagán Her-
“1. Su participación activa junto a un grupo de estudiantes en los desórdenes y actos de violencia cometidos én el Recinto ese día.
“2. Posesión y uso de arma de fuego con el fin de causar da-ños a otras personas, ocasionándole la muerte a un miembro de la Policía Estatal.
“3. Interrumpir y perturbar las tareas y funciones de la Uni-versidad en dicho día.”
Los cargos fueron ventilados ante la Junta de Disciplina de la Universidad de Puerto Rico en vistas celebradas entre el 12 de mayo y el 30 de junio de 1971. La única prueba que
En el ínterin, el 17 de marzo de 1971 un Juez de Distrito, basado en la declaración del testigo, teniente José Rafael Ati-lano, determinó que existía causa probable contra Humberto Pagán Hernández por los delitos de asesinato en primer grado e infracciones de los Arts. 8 y 6 de la Ley de Armas y ordenó su arresto y detención. En esa misma fecha Pagán Hernández presentó solicitud de hábeas corpus ante el Tribunal Superior, Sala de Hato Rey, en que atacó la validez de dicha determina-ción de causa probable. Mientras tanto, quedó en libertad bajo fianza.
Durante la ventilación del recurso de hábeas corpus prestó testimonio el teniente Atilano, siendo su declaración la única prueba que, al igual que en la vista ante la Junta de Disci-plina de la Universidad, conectaba al querellado con los suce-sos del 11 de marzo. Contra la sentencia que anuló el auto expedido apeló Pagán Hernández ante nos por mediación de sus abogados.
Mientras tanto, Pagán Hernández se había ausentado de Puerto Rico. Fue localizado en el Canadá, ante cuyos tribu-nales promovió el Estado Libre Asociado procedimientos de extradición que no tuvieron éxito. Allá fue a prestar testi-monio nuevamente el teniente Atilano, habiendo fallado el
En el recurso de apelación pendiente ante nos para re-visar la sentencia del hábeas corpus que sostuvo la deter-minación de causa probable, recayó decisión final el 31 de mayo de 1974 que revocó dicha sentencia. (102 D.P.R. 110.') Resolvimos que el procedimiento utilizado para identificar a Pagán Hernández “estuvo claramente viciado de nulidad.” La identificación por fotografías se había hecho luego de una confidencia recibida por la Policía que le señalaba como el culpable de la muerte del comandante Mercado, y las foto-grafías utilizadas, cuyo examen por los abogados de Pagán Hernández no fue permitido en la vista del hábeas corpus, estaban contenidas en tarjetas de identificación de estudian-tes de la Universidad que además contenían sus datos perso-nales. Reiteramos, además, los pronunciamientos hechos por el Juez Asociado Señor Dávila en opinión emitida el 21 de marzo de 1974, en que se señaló:
“. . . La prueba presentada sobre la identificación del peti-cionario no es confiable. La identificación de un acusado, si no es confiable, no es admisible en evidencia, cuestión a ser deter-minada por el tribunal como cuestión de derecho ya que envuelve una violación del debido procedimiento de ley.” Pagán Hernández v. Alcaide, 102 D.P.R. 101, 104 ab initio (1974).
Resueltas en esa forma las causas criminales, el 1 de oc-tubre de 1974 Pagán Hernández formuló solicitud de readmi-
Por carta de fecha 2 de junio de 1975 se formuló la pe-tición de readmisión al Presidente de la Universidad. El 25 de junio de 1975 el Presidente contestó y rechazó la solicitud a base de que, (1) el término para establecer una apelación comenzó a correr a partir de la decisión aprobatoria de las determinaciones de la Junta de Disciplina (12 de agosto de 1971); (2) que el “Apartado 1ro. del Procedimiento Tempo-rero Para Tramitar Apelaciones ante el Presidente de la Universidad de Puerto Rico” establece un plazo de quince días a partir de la notificación de la decisión para solicitar del Presidente de la Universidad su revisión, término que “ha decursado en exceso”; y, (3) que el peticionario estaba im-pedido por incuria {laches) de ejercitar la acción, por haber transcurrido “un término completamente irrazonable, aun cuando el mismo se comenzase a contar a partir del 9 de diciembre de 1974, en que el Rector del Recinto de Río Piedras le envió a su representante legal copia de las normas que rigen este procedimiento, en las que señala el término perti-nente al efecto.”
Los demandados comparecieron oportunamente para opo-nerse a la pretensión del demandante. La controversia quedó centrada en dos planteamientos: (1) suficiencia de la prueba aportada ante la Junta de Disciplina para relacionar a Humberto Pagán Hernández con los sucesos del 11 de marzo de 1971, frente a nuestra decisión en Pagán Hernández v. Alcaide, supra y (2) si constituye cosa juzgada la decisión de la Junta y estaba impedido el Tribunal de pasar sobre el asunto. Los mismos planteamientos son reproducidos ante nos en recurso contra la sentencia que se negó a desestimar la demanda por tales planteamientos y ordenó la reinstalación del demandante como estudiante de la Universidad.
La Defensa de Cosa Juzgada o Res Judicata
Procederemos a resolver en primer lugar el planteamiento sobre cosa juzgada pues, de ser éste procedente, sería innece-sario discutir el aspecto de suficiencia de la prueba en el ám-bito administrativo.
La doctrina de cosa juzgada, de estirpe romana, (4) tiene base estatutaria en el Art. 1204 del Código Civil (31 L.P.R.A. see. 3343), que dispone en lo aquí pertinente:
*732 tt
Contra la presunción de que la cosa juzgada es verdad, sólo será eficaz la sentencia ganada en juicio de revisión.
Para que la presunción de cosa juzgada surta efecto en otro juicio, es necesario que entre el caso resuelto por la sentencia y aquel en que ésta sea invocada, concurra la más perfecta identi-dad entre las cosas, las causas, las personas de los litigantes y la calidad con que lo fueron.
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En Pérez v. Bauzá, 83 D.P.R. 220, 225 (1961), ex-presamos los fundamentos de esta doctrina: “... por un lado, el interés del Estado en que se le ponga fin a los litigios, que no se eternicen las cuestiones judiciales ... y por otro lado, la deseabilidad de que no se someta en dos ocasiones a un ciudadano a las molestias que supone litigar la misma causa.” Con ella se persigue dar la debida dignidad a las actuaciones de los tribunales. Bolker v. Tribunal Superior, 82 D.P.R. 816, 832 (1961). Como señala Manresa: “... el fundamento de la cosa juzgada no está en una pretensión de infalibilidad en el juzgador, ni menos en el intento de ocultar sus errores, sino que se encuentra en la esencia misma de la resolución judicial, que no merecería tal nombre ni tendría fuerza y resultado, si no se fortaleciera de ese modo. Es por tanto, una consecuencia directa de la autoridad necesaria al fallo, y en un orden eminentemente práctico tiene el fundamento indiscutible de que sin esa fuerza atribuida a lo juzgado, los pleitos nunca tendrían fin . . . .” Manresa, Comentarios al Código Civil Español, Tomo VIII, vol. 2, Madrid, ed. 1967, pág. 279. Es una regla de “justicia fundamental y sustancial, rodeada de interés público_” Bolker, supra.
El efecto de la doctrina de cosa juzgada, cuando ésta aplica, es que la sentencia dictada en un pleito anterior impide que se litiguen en un pleito posterior entre las mismas
El caso de autos plantea el punto novel en nuestra jurisprudencia sobre la aplicación de la doctrina de cosa juzgada a procedimientos administrativos. La aplicación de tal doctrina en el campo administrativo tiene las siguientes vertientes: (a) su aplicación dentro de la misma agencia, a sus propias decisiones; (b) su aplicación interagencialmente; es decir, de una agencia a otra, y (c) su aplicación entre las agencias y los tribunales. (5) El caso de autos plantea este último aspecto.
En el Derecho norteamericano existía una tendencia a rechazar en términos absolutos la aplicación de la doctrina de cosa juzgada a las decisiones administrativas. Véanse, por ejemplo, Pearson v. Williams, 202 U.S. 281
Estos comentarios del Tribunal Supremo federal pusieron fin a la controversia de si aplicaba o no la doctrina de cosa juzgada al Derecho administrativo. Desde entonces la jurisprudencia norteamericana se ha desarrollado en términos de “aplicar la doctrina de cosa juzgada cuando las razones para ello estén presentes con toda su fuerza, modificarla cuando sean necesarias algunas alteraciones, y rechazarla
Pasemos a la situación ante nos. Pagán Hernández no re-currió a tiempo de la decisión de la Junta de Disciplina. Aun-que el Reglamento de Estudiantes no proveía para que se re-curriera de dicha determinación, existían los siguientes regla-mentos que sí proveían para que la Universidad revisara sus actuaciones. “Procedimientos de la apelación en diferentes niveles jerárquicos del sistema universitario” y “Procedi-miento temporero para tramitar apelaciones ante el Presi-dente de la U.P.R.” Estos establecían, respectivamente, un término de 15 días para recurrir ante el Consejo de Educa-ción Superior de una decisión adversa del Presidente, y un término de 15 días para recurrir ante el Presidente de una decisión adversa del Rector. Humberto Pagán incumplió dichos plazos. Apeló ante el Presidente el 2 de junio de 1975 y no es hasta el 80 de septiembre de 1975 que recurrió al Con-sejo de Educación Superior, luego de que el 25 de junio de 1975 el Presidente denegara su petición. Estos hechos, sin embargo, son insuficientes para justificar en este caso la apli-cación de la doctrina de cosa juzgada e impedir ventilar ante los tribunales de justicia la validez del decreto administrativo.
Hemos reconocido varias excepciones a la aplicación de la doctrina de cosa juzgada. En Figueroa v. Municipio de San Juan, 98 D.P.R. 534, 556 (1970), reconocimos que la presunción de cosa juzgada tiene bien definidas excepciones en ley, de orden equitativo. Citamos Pérez v. Bauzá, 83 D.P.R. 220, 225 (1961); Millón v. Caribe Motors Corp., 83
Entre estas excepciones se encuentran aquellos casos que están permeados de consideraciones de orden público. (6) Los dos casos normativos en esta materia son Pérez v. Bauzá, supra, y Millán v. Caribe Motors Corp., supra. El primero trataba de una acción filiatoria en que el demandante era un menor de edad a quien se pretendía imputar la falta de diligencia de su madre y de sus abogados. (7) Expresamos que los tribunales se han negado a aplicar en forma inflexible la doctrina de cosa juzgada cuando hacerlo derrotaría los fines de la justicia, especialmente si se plantean consideraciones de interés público. Y añadimos (pág. 226): “Según se ha expresado, la doctrina descansa en el principio básico de que debe propiciarse la terminación de litigios, pero si la aplicación rigurosa de la misma derrotaría en la práctica un derecho permeado en alguna forma del interés público, los tribunales se inclinan hacia la solución que garantice cumplida
En Millán v. Caribe Motors, confirmamos una sentencia que declaró con lugar una acción de rescisión de un contrato de venta condicional de un camión y concedió indemnización por daños, luego de que la vendedora reposeyó el camión por atrasos en los pagos que debían hacerse conforme al contrato. En dicho caso hubo dolo que vició el consentimiento del compra-dor, existían defectos formales en el contrato en contraven-ción de la ley sobre ventas condicionales, y la primera acción (el procedimiento de reposesión) era de carácter sumario y especial, por lo que no se podía exigir inflexiblemente que se litigasen en ella otras causas ajenas a la de reposesión. Diji-mos, pág. 508: “Ciertamente hay un interés tanto individual como social en que los litigios tengan fin. Sin embargo, no podemos frustrar la justicia en nombre de reglas que se origi-naron con el propósito de facilitar su administración.”
El recurrido invoca su derecho constitucional a la educación bajo la See. 5 de la Carta de Derechos de la Constitución del Estado Libre Asociado, que dice: “Toda persona tiene derecho a una educación que propenda al pleno desarrollo de su personalidad y al fortalecimiento del respeto de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales.” (8)
La mera invocación de un derecho constitucional frente a una actuación administrativa no es llave que automáticamente nos obligue a descartar la presunción de cosa juzgada. Precisa investigar las circunstancias de cada caso en particular. En éste se trata de un joven estudiante universitario con un alto índice académico, (9) privado por la decisión administrativa de poder continuar sus estudios en la Universidad de Puerto Rico, a base de una prueba que consideramos en Pagán Hernández v. Alcaide, supra, insuficiente, sugestiva, y poco confiable como para permitir que fuera sometido a juicio. Rehusar investigar la suficiencia de dicha prueba para justificar la suspensión permanente del recurrido como estudiante de la Universidad de Puerto Rico a base de la doctrina de cosa juzgada constituiría en este caso una autolimitación por razones técnicas, que tenemos que superar por razones de justicia.
Por último, la finalidad de la decisión administrativa en este caso es dudosa. Como correctamente concluyó el Tribunal Superior, existía confusión institucional en el ámbito administrativo con respecto a las disposiciones reglamenta-
Suficiencia de la Prueba
El tribunal a quo basó su determinación de insuficiencia de prueba en que procedía la exclusión del testimonio del te-niente Atilano y, una vez excluido, no había prueba que re-lacionara a Humberto Pagán con los hechos que se le imputa-ron. El teniente Atilano señaló a Humberto Pagán como la persona que disparó un arma contra el comandante Mercado, privándole de su vida. Ya hemos señalado que en Pagán Hernández v. Alcaide, 102 D.P.R. 101 (1974), resolvimos que dicho testimonio era inadmisible para sostener una determi-nación de causa probable por ser insuficiente, sugestivo y poco confiable, y que el haber admitido ese testimonio violó el de-bido proceso de ley.
Veamos cómo se ha desarrollado la doctrina sobre debido proceso de ley en los últimos años con respecto a su aplica-ción a estudiantes universitarios. Como cuestión de tradición, las universidades gozaban de una gran autonomía en cues-tiones pertinentes a la admisión y la disciplina de sus estu-diantes. Keller & Meskill, Students’ Rights and Due Process,
Los tribunales habían desarrollado varias teorías para definir el status del estudiante vis a vis la universidad en el Derecho. Una de éstas era la doctrina de in loco parentis; es decir, la universidad ocupaba el puesto de un “padre susti-tuto”’, con la autoridad para controlar discrecionalmente al estudiante tal como si fuera su padre. Keller & Meskill, supra, pág. 390. Para fines del siglo XIX esta doctrina comenzó a ser desplazada por la teoría del contrato. Esta era mayormente aplicada a universidades privadas y postulaba que los regla-mentos que aparecían en las publicaciones de la universidad eran las condiciones sobre las cuales descansaba el derecho del estudiante a poderse graduar. Rabban, supra, pág. 97. La uni-versidad se comprometía a darle instrucción y diploma y el estudiante se comprometía a cumplir con los requisitos aca-démicos y disciplinarios. Rabban, supra, pág. 97. Si el estu-diante no cumplía con los reglamentos, esto equivalía a in-cumplimiento de su contrato y se le podía expulsar. Rabban, supra, pág. 97.
En cuanto a las universidades públicas, los tribunales es-tatales consideraban que la universidad tenía el poder discre-
El resultado práctico de estas doctrinas era que los tribu-nales reconocían a las universidades un poder casi absoluto y sólo intervenían si la expulsión del estudiante era arbi-traria o irrazonable. Rabban, supra, pág. 98. No había que celebrar una vista para suspender o expulsar a un estudiante. Keller & Meskill, supra, pág. 391. Tal era la doctrina mayori-taria antes de la década del sesenta, hasta el caso de Dixon v. Alabama State Board of Education, 294 F.2d 150 (1961), cert. denegado, 368 U.S. 930 (1961). Keller & Meskill, supra, págs. 391-392.
En Dixon, un grupo de estudiantes negros fue expulsado de la Universidad del Estado de Alabama, sin notificación, ni vista, ni oportunidad de apelar. La Corte de Apelaciones federal determinó que una institución educativa mantenida por el Estado es análoga a una agencia administrativa y que, por lo tanto “cuando una entidad gubernamental actúa de tal forma que perjudica a una persona, la Constitución requiere que dicha actuación satisfaga el debido proceso de ley.” 294 F.2d 150, 155 (1961), cert. denegado 368 U.S. 930 (1961). Esta decisión extendió a los estudiantes de universidades públicas las cláusulas del debido proceso de ley y de igual protección de las leyes contenidas en la Enmienda XIV. Determinó que el debido proceso de ley requiere notificación, con especificación de cargos, y oportunidad de vista antes de decretarse la expulsión de un estudiante por conducta indebida.
La extensión de las protecciones ofrecidas por el debido proceso de ley o due process procesal en los casos decididos por las cortes federales inferiores ha variado con las circunstancias de cada caso particular. Stolz, supra, pág. 1013 (nota al calce 19). En Givens v. Poe, 346 F.Supp. 202, 209 (1972), se ofrecieron las protecciones más amplias que hasta la fecha se habían otorgado a estudiantes, a saber, notificación de los cargos, celebración de vista, derecho a examinar las pruebas adversas y a presentar prueba favorable, derecho a contrainterrogar testigos, derecho a que se haga un récord de la vista, derecho a representación por abogado, a que se le juzgue por un tribunal imparcial, y que la decisión se base en “evidencia sustancial”. Otro ejemplo de la ampliación de la protección ofrecida por el debido proceso de ley a los estudiantes en procesos disciplinarios universitarios es el caso de De Jesús v. Penberthy, 344 F.Supp. 70, 75-76 (1972), en que se desaprobó el uso de testimonio que constituía prueba de referencia o hearsay para fundamentar una expulsión disciplinaria porque el uso de ese testimonio violaba el debido proceso de ley ya que se expulsaba al estudiante sin darle oportunidad a confrontarse con el testigo y contrainterrogarle.
En Patty v. Board of Medical Examiners, 508 P.2d 1121 (1973), el Tribunal Supremo de California deter-minó que la defensa de entrampamiento está disponible en los procedimientos administrativos en los que se ventila la revo-cación o la suspensión de una licencia para ejercer una pro-fesión o un negocio, por ser tan necesaria en tales procesos como en los criminales. Además de California, un número sustancial de estados han reconocido la procedencia de la de-fensa de entrampamiento en procedimientos administrativos en los que está en controversia la revocación o suspensión de una licencia para ejercer una profesión, comercio o negocio. Kaufmann, Entrapment Defense Is Available in Administrative Proceedings, 7 Loyola of Los Angeles L. Rev. 187, 191 (1974). Véanse a tales efectos Jones v. Dental Commission, 145 A. 570, 571 (1929) (Conn.), que trataba de la revoca-
Se ha resuelto que procede excluir prueba obtenida en violación de la Cuarta Enmienda de la Constitución de los EE. UU. en acciones administrativas y civiles que comparten algunos objetivos de las acciones penales, específicamente aquellas en que una agencia del Estado se pro-pone imponer una penalidad o una sanción, o donde se persigue revocar una licencia, o en acciones que tienen un propósito punitivo. Shazer, Exclusionary Rules of Criminal Law Are Not Part of Administrative Due Process in State Bar Disciplinary Proceedings, 15 Santa Clara Law., 485, 487-488 (1975). Véanse, para ejemplos: One 1958 Plymouth Sedan v. Pennsylvania, 380 U.S. 693 (1965), donde se confiscó un automóvil y el Tribunal Supremo federal determinó que aunque el proceso de confiscación está clasificado como una acción civil, su naturaleza es una criminal
Por último, en el caso de Smyth v. Lubbers, 398 F.Supp. 777 (1975), varios funcionarios universitarios registraron los dormitorios de varios estudiantes sin órdenes de regis-tro y allanamiento. Descubrieron marihuana y luego de los procedimientos administrativos disciplinarios, dos de los estu-diantes fueron suspendidos por poseer marihuana. El Tribunal de Distrito federal determinó que la marihuana ocu-pada era inadmisible en el procedimiento disciplinario porque ésta se había obtenido en un registro ilegal. Aplicaba en este caso la Cuarta Enmienda porque la marihuana se descubrió en el registro del cuarto de un estudiante específico del cual se sospechaba que estaba incurriendo en actividad ilegal. Como ese estudiante estaba en la misma posición que un sos-pechoso de un delito, procedía obtener una orden de allana-miento y de registro antes de registrar su cuarto. Siendo ile-gal el registro era inadmisible la prueba ocupada.
En el caso de autos, la única prueba que relaciona al re-currido con los sucesos ocurridos en la Universidad y que da base a la decisión administrativa es el testimonio del teniente Atilano de la Policía de Puerto Rico. Ese testimonio fue el mismo que consideramos en Pagán Hernández v. Alcaide, supra, y que allí resumimos de la siguiente manera (págs. 106-107):
“Con motivo de una violenta protesta estudiantil en el recinto de la Universidad de Puerto Rico, se solicitó intervención de la policía estatal. Acudieron a la llamada 42 agentes de la unidad de reserva especializada — fuerza de choque — bajo el mando del Comandante Mercado. Al llegar encontraron una muchedumbre de personas amotinadas atacando el edificio donde estaba ubicado*747 el R.O.T.C. y por los alrededores del edificio conocido como Cen-tro Universitario.
Al terminar los sucesos, seis policías resultaron heridos de bala. El Comandante Mercado fue muerto de un balazo. El se-gundo en comando, Teniente Atilano, identificó a Humberto Pa-gán como la persona responsable de haber disparado el arma homicida. Declaró que estando a una distancia aproximada de cincuenta pasos del monumento a Miguel de Unamuno, un sar-gento le informó que estaban disparando y lo habían alcanzado en el tobillo. En ese mismo instante se percata de que Mercado, a diez pasos de él, y a cuarenta del monumento, se está tamba-leando. Instintivamente mira hacia el monumento y observa a una persona disparando en dirección hacia Mercado. Al describir a dicha persona se limita a expresar que era ‘un individuo de unos cinco pies y nueve pulgadas más o menos, blanco él, de pati-llas.’ Declara asimismo que en ese momento escuchó varias de-tonaciones, provenientes ‘de los árboles así del frente y al mismo tiempo del monumento.’ Utiliza la palabra ‘balacera’ para descri-bir la situación que presenció. El testigo comenzó a acercarse al monumento pero la persona que había visto disparando retro-cedió y se mezcló en la multitud. Sólo lo pudo observar ese ins-tante a una distancia de treinta y cinco pasos (70) pies. Bajo estas circunstancias, observando a 75 pies del monumento, en momentos de tensión, nerviosismo y honda preocupación se hace difícil si no imposible, reconocer a una persona y surgen serias dudas sobre la confiabilidad de la identificación. Y ya hemos visto que al describirlo da muy pocos detalles. No hay otra evi-dencia que sitúe al peticionario en los alrededores del sitio donde ocurrieron los hechos.”
Al día siguiente, y con motivo de una confidencia que ob-tuvo la Policía, el teniente Atilano, en el cuartel del C.I.C., identificó al recurrido de entre determinado número de tarje-tas de estudiantes universitarios que contenían, además de fotografías, el nombre y otros datos personales de cada estu-diante.
Dado el poco tiempo que pudo observar a Humberto Pagán el teniente Atilano, las circunstancias bajo las cuales
El resultado al cual llegamos no contradice los casos de Mundo v. Tribunal Superior, 101 D.P.R. 302 (1973); In re De Castro, 100 D.P.R. 184 (1971); Vélez Quiñones v. Srio. de Instrucción, 86 D.P.R. 755 (1962); y Cruz v. Garrido Morales, 58 D.P.R. 653 (1941). En todos estos casos, las personas sometidas al proceso disciplinario administrativo plantearon como defensa que habían sido absueltas por los tribunales en los procesos penales instituidos en su contra por los mismos hechos que provocaron los procesos administrativos. En otras palabras, se planteó que el hecho de que ya se hubiera juzgado y absuelto a una persona en un caso penal impedía la formulación de cargos administrativos en su contra y el consecuente
El caso de autos, por su parte, no plantea un reclamo de inmunidad a base de una previa absolución criminal, sino un ataque constitucional a la prueba de identificación que tuvo ante sí la agencia administrativa. Es de notarse, además, que Pagán Hernández no fue juzgado y absuelto por un tribunal por los cargos criminales que se le imputaron. Sabido es que en un caso criminal la culpabilidad tiene que probarse más allá de duda razonable, norma que no ha sido impuesta para las acciones administrativas. Lo que resolvimos en Pagán Hernández v. Alcaide, fue que no había causa probable para someter a juicio al recurrido. Si la prueba era insuficiente para tal fin, no puede justificarse que fuera suficiente para sostener un dictamen de expulsión permanente de la Universidad, privándole de su derecho constitucional a obtener una educación universitaria en la Universidad del Estado.
La sentencia del Tribunal Superior será confirmada.
El Juez Asociado Señor Rigau disintió con opinión sepa-rada. El Juez Asociado Señor Díaz Cruz disintió con opinión a la cual se une el Juez Asociado Señor Angel M. Martín.—O—
(1)Así surge de la transcripción de la prueba testifical vertida ante la Junta de Disciplina de la Universidad de Puerto Rica que forma parte de los autos originales del caso ante nos.
(2)Las citadas disposiciones expresan:
“A. Los siguientes actos constituyen infracciones de las normas esen-ciales al orden y a la convivencia universitaria y acarrean sanciones disci-plinarias :
“1. Violaciones al Reglamento General de Estudiantes o al Regla-mento del Recinto.
“2. ..
“3.
“4. Conducta impropia e irrespetuosa en el salón de clase o en el Recinto.
“5.
“6. Interrumpir, obstaculizar o perturbar las tareas regulares de la Universidad o la celebración de actos o funciones debidamente autoriza-dos. La norma anterior es igualmente aplicable cuando los actos de inscrip-ción [sic], obstaculización o perturbación se realizan fuera del Recinto.
“7. La celebración dentro de la Universidad de actos no autori-zados por los funcionarios universitarios correspondientes.
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O» • •••••••
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“10. Causar daños maliciosos a la propiedad universitaria.”
(3)La relación contenida en éste y los dos párrafos precedentes surg-en de nuestro expediente 0-71-223, que hemos examinado, en que se produjo nuestra decisión de Pagán Hernández v. Alcaide, 102 D.P.R. 101 (1974).
(4)Lausell Marxuach v. Díaz de Yáñez, 103 D.P.R. 633, 536 (1975); Pérez v. Bauza, 83 D.P.R. 220, 225 (1961).
(5)E1 siguiente es un interesante planteamiento del problema de la aplicación de la doctrina de cosa juzgada al ámbito administrativo:
“La doctrina de cosa juzgada tiene dos aspectos que presentan proble-mas distintos en el ámbito del Derecho administrativo. En primer lugar está la interrogante de cuándo se puede impugnar una decisión administra-tiva en los tribunales. En segundo lugar, surge el problema de cuándo y por quién se puede reconsiderar una determinación administrativa, y aun llegar a una nueva decisión, en la misma agencia que originalmente la había hecho. Diferentes conceptos rigen en las dos situaciones, por lo que una decisión puede ser cosa juzgada en una, y no serlo necesariamente en otra.” (Tra-ducción nuestra.) Ganz, Estoppel and Res Judicata in Administrative Law Public Law 287 (1965).
C3) También han reconocido como excepciones a la doctrina de cosa juzgada las siguientes: una sentencia previa (la cual es nula) que fue dic-tada basándose en un allanamiento de partes que es nulo (Vidal v. Monagas, supra); una sentencia previa dictada sin jurisdicción (Tartak v. Trib. de Distrito, supra); una sentencia del Tribunal Superior cuya revisión se intentó pero que no se pudo lograr por razones ajenas a la voluntad del apelante (Riera v. Pizá, supra); fraude (Suárez Fuentes v. Tribunal Superior, supra); derrota de los fines de la justicia (Feliciano Ruiz v. Alfonso Develop. Corp., supra).
(7)Para otro caso de filiación y el problema de res judicata véase Garzot v. Tribunal Superior, 90 D.P.R. 359 (1964).
(8)“Entre los nuevos derechos que en el siglo XX forman parte fundamental del liberalismo democrático, el de obtener educación equivale con-substancialmente a la libertad, que no es meramente la ausencia de restric-ciones externas sino la manifestación positiva de las potencialidades hu-manas. La educación es el cultivo de la personalidad para expresar de ella lo más humano en su mejor realización posible.” Muñoz Amato, El derecho a la educación y la libertad académica. 24 Rev.C. Abo. P.R., 463 468 (1964).
(®) Surge del expediente ante nos que Pagán Hernándéz tenía un ín-dice de 3.4, que de ser mantenido por él hasta su graduación, significaría que se graduaría con ^ltos honores.
(10) Para la fecha en que la Junta Disciplinaria emitió su decisión y cuando luego fue ratificada por el Lie. Cancio, el reglamento vigente que regulaba las vistas ante la Junta y ante el Lie. Cancio no contenía disposi-ción sobre los requisitos para apelar de la decisión de la Junta o del repre-sentante del Eector. Nada decía al respecto. Tres años después de la sus-pensión de Pagán el Consejo de Educación Superior aprobó el Procedi-miento Temporero Para Tramitar Apelaciones ante el Presidente. Aunque éste había sido adoptado por el Presidente a mediados del año académico 1966-67 y usado por él, no fue ratificado por el Consejo de Educación Superior hasta el 9 de agosto de 1974.